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viernes, 2 de mayo de 2014

LELOS

II


Cuando uno alcanza un grado de intimidad y confianza especial con la pareja empieza a adoptar nuevas costumbres y tener algunas concesiones, como bañarte mientras él está hermosamente sentado en la poceta realizando una necesidad fisiológica, bueno, está bien, cagando, todo sea en nombre del amor. Pero también hay costumbres menos escatológicas como cambiarse los nombres, sustituirlos por frases en apariencia fofas y que sin embargo poseen una carga afectiva como mi amor, mi vida, mi niño y otras; eso crea lazos y puentes que luego son cruzados por los amantes cuando llegan las discusiones.

Algunas de esas palabras o frases afectivas surgen de situaciones inesperadas, uno no lo planea, podría parecer que sí y hasta haya quienes lo hagan, pero las cosas más grandiosas surgen de los momentos más ínfimos y tontos. Aquella vez jugábamos precisamente a eso, a los tontos, teníamos como una de nuestras rutinas de pareja favoritas jugar a lanzar sinónimos de palabras de forma aleatoria a ver quién sorteaba a decir la última; tonto dijo él, gafo, seguí yo, idiota, estúpido, menso, bobo, soso, torpe, ¡LELO! Gritamos al unísono. Y entonces la magia sucedió, por algún lado, no sé por dónde entraron todos esos pajaritos de disney y empezaron su recital en el cuarto ¿nunca han sentido que un sentimiento se apodera de ustedes por un segundo, pierden el control y es como una tormenta de emociones que empapa? Juraría que llovieron estrellas, juraría que el tiempo se detuvo en ese instante y que el beso que culminó la escena todavía hoy nos lo estamos dando.

A partir de ese día nos empezamos a llamar así y con su diminutivo lelo/lelito/lito.Con el tiempo convertimos la palabra en otra costumbre aún más halada, imaginábamos universos para lelos y recorríamos parques, calles y centros comerciales de la ciudad viendo caminar a las otras parejas, pensábamos en cuánto se podrían querer aquí y en otros mundos, incluso nuestros pares en realidades alternas, nos hacíamos ideas y preguntas tontas como hasta dónde el amor les había calado y enloquecido, cuántas concesiones se darían, jugarían los mismos juegos tontos que nosotros, alguna pareja en algún otro lugar de este mundo o de otro nos estaría pensando, nos preguntábamos si acaso, sortilegio de los dioses, ebrios de romance algunos de ellos estarían igual de Lelos como estábamos nosotros.



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